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Antoine de Saint-Exupéry entiende a los tres años que los trenes pasan sólo una vez en la vida: el 14 de marzo de 1904, Jean, su padre, espera el ferrocarril en la estación de La Foux cuando un ataque cerebral lo embiste de prepo. La locomotora de la muerte lo recoge inconsciente sobre el andén y nunca más lo devuelve.
Para atravesar acompañada el duelo de su esposo, Marie abandona el departamento de Lyon y se traslada con sus hijos al castillo de una de sus tías, en San Mauricio de Rémens. Allí, Saint-Exupéry y sus hermanos disfrutan de las 250 hectáreas que alberga la mansión: escalan los gigantescos muebles, juegan a las escondidas entre los matorrales y se divierten con la enorme biblioteca.
Tal vez persuadido por el contenido de los libros o tal vez convencido del poder de su imaginación, Saint-Exupéry se ilumina: quiere crear una bicicleta voladora. Para eso realiza escrupulosos planos. Una vez terminados los bocetos, junta las piezas y arma el aparato. Llora: nunca puede hacerlo despegar.
Las lágrimas de aquel fracaso lo impulsan a pedir insistentemente un pequeño motor a nafta. Si la bicicleta no vuela por arriba, que vuele por abajo. Lo consigue. Se entretiene manejándola a toda prisa, pero un día le explota en la cara a uno de sus hermanos, que sufre lesiones leves.
Con otra bicicleta, ya sin motor, pedalea seis kilómetros hasta Ambérieu para contemplar el aeródromo del que todos hablan. Cuando llega, lo ve con sus propios ojos: algunos modelos de aviones, raros dinosaurios del aire, van y vienen entre las nubes.
El 7 de julio de 1912, a sus 12 años, Saint-Exupéry simula tener el consentimiento de su madre para que lo dejen transformarse en pájaro. Y lo dejan. Aquella tarde vuela por primera vez.
Cinco años después no se siente atraído por los suelos ni por los cielos, sino por las aguas. Se inscribe en el Liceo San Luis de París para presentarse en el concurso de la Escuela Naval. En ese lugar, prisión sin celdas, lo retienen. Saint-Exupéry se cansa del encierro y en las madrugadas se fuga por las cloacas y sale a chocar copas con algunas mujeres.
Un año más tarde, el ruido del brindis suena mil veces más fuerte: los aviones alemanes bombardean la capital francesa. Todos los estudiantes del Liceo se refugian en el sótano, salvo uno. Saint-Exupéry corre hacia el techo y observa la Primera Guerra Mundial como si fuera una obra de teatro. La función le gusta. "Es mágico", dice.
Menos mágico es el examen oral de la Escuela Naval que reprueba luego. Se da cuenta de que la Marina no es lo suyo y pide ser admitido en la Fuerza Aérea. Lo aceptan. Tras varias lecciones, el 23 de diciembre de 1921, obtiene el carnet de piloto militar.
Mientras tanto llena hojas. Está seguro de que lo hace mal y llama a sus amigos a las dos de la mañana para leerles sus novelas. Casi despiertos, casi dormidos, ellos lo tranquilizan.
Ocho años después de volar un sinfín de veces, de encontrar un asteroide en uno de sus viajes y de vender un puma bebé en otro, aterriza en Buenos Aires. Es nombrado director de una compañía aérea argentina, queda fascinado con la Cordillera de los Andes y se enamora de una mujer a quien invita a dar un paseo en avión. Ella acepta. En pleno vuelo, Saint-Exupéry le pide un beso. Ella se niega. Él larga a llorar. Ella, entonces, le da un beso en la mejilla. Y luego uno más y muchísimos muchos hasta que el 12 de abril de 1931, Saint-Exúpery y Consuelo Suncín se casan en Francia. La fiesta de casamiento tiene otro motivo para celebrarse: en otoño de ese mismo año es publicado Vuelo Nocturno, su tercer libro, traducido a una decena de idiomas.
Tres otoños más tarde, abatido por la falta de dinero, Saint-Exupéry se tienta con los 150.000 francos que ofrece el Ministerio de Aviación para el ganador de un concurso aéreo. El trayecto va desde París hasta Saigón, en Vietnam, y el objetivo es batir el récord de 98 horas y 50 minutos de André Japy. En los días previos a iniciar la travesía, una vidente le tira las cartas y le anuncia un desastre.
El 29 de diciembre de 1935, el avión en el que van él y su mecánico despega. Horas después se estrella contra una duna. Quedan varados en lo que creen el desierto de Gobi. La noticia de la desaparición de ambos es divulgada por todo París y son encargados dos ataúdes en caso de encontrar los cuerpos. Saint-Exupéry no sabe nada de todo esto, pero igual se entierra: en las noches, para escaparle al frío, hace un pozo en la arena y se mete adentro. Al despertarse toma el rocío de las alas del avión. Vomita. Padece espejismos. Alucina. Ve gente. Al rato la gente se evapora. Ve gente de nuevo. Ahora la gente no se evapora. Se acerca a él y a su compañero. Los tocan. Alguien grita que están vivos.
Los cinco días que Saint-Exupéry sufre en el desierto no lo amedrentan. Tres años después se prepara para el mismo concurso, esta vez desde Montreal hasta Punta Arenas. Declara: "El viaje es peligroso, pero soy afortunado. No me pasará nada". Cuando despega se estrella contra un poste. Pasa varios días en coma con el ojo izquierdo inyectado en sangre y con parte del húmero hundido en el omóplato.
Luego de unas semanas regresa a París y de ahí se traslada a Agay, donde visita a su sobrina Mireille, a quien le regala una hojita con un dibujo. Un dibujo de un pequeño hombrecito con rizos, vestido con pantalones largos, perdido entre flores.
Cuatro años más tarde, en 1943, ese pequeño hombrecito con rizos se hizo famoso en todo el mundo.
Todavía se llama El Principito.
Que historia increíble!!Excelente!!👏👏👏👏
qué loco lindo!!! muy bueno Santi!!!